La represión en la Damiani: familias, palazos y otro operativo policial fuera de control

  • 22/05/26
  • Daniel Salcedo

 

La noche en el Campeón del Siglo terminó como tantas otras veces en el fútbol uruguayo: con familias corriendo, gente golpeada y una represión policial completamente desmedida e injustificable. Y esta vez el foco no estuvo solamente en los incidentes de la Cataldi,. también lo sufrimos quienes estábamos en la Damiani, una tribuna donde predominaban familias, gurises y gente que simplemente había ido a ver un partido de fútbol.

Puedo dar fe porque estuve allí, lo que pasó en la salida de la Damiani fue una vergüenza.

Una vez finalizado el partido, los hinchas comenzaron a dirigirse hacia la salida y recién ahí se enteraron de que debían permanecer 30 minutos dentro del estadio hasta que salieran los hinchas de Corinthians. Nadie lo informó por parlantes. Nadie lo explicó antes del partido. Nadie preparó a la gente para eso. Y encima, contra Platense, el procedimiento había sido exactamente al revés. Otra demostración más de la improvisación permanente con la que se manejan estos operativos.

Mientras miles de personas esperaban encerradas, comenzaron a escucharse detonaciones de balas de goma y gases lacrimógenos provenientes de la Cataldi. El clima empezó a tensarse, como es lógico. Había niños llorando, gente nerviosa, personas preguntando qué estaba pasando. Pero lo peor todavía no había llegado.

Pasado el tiempo establecido, la Guardia Republicana abrió los portones. Y lo que vino después fue directamente una emboscada. Al grito de “¡salgan, salgan!”, efectivos policiales comenzaron a golpear con garrotes a todos los que pasaban por la salida. Sin distinguir absolutamente nada. Sin provocación previa. Sin incidentes en la Damiani. Sin motivo alguno.

Fue una trampa absurda y violenta.

La reacción natural de la gente fue retroceder para escapar de los golpes, generando una avalancha humana que terminó haciendo ceder el tejido perimetral por la presión. Pudo terminar muchísimo peor de lo que terminó. Y todo por una actuación policial fuera de control, innecesaria y completamente irresponsable.

El ataque duró pocos minutos, pero fue feroz. Alcanzó para dejar gente golpeada, gurises aterrados y una sensación de impotencia total. Cuando quienes deberían garantizar la seguridad actúan como una patota descontrolada, alguien tiene que hacerse responsable.

Y acá también hay otra discusión de fondo que nadie quiere dar. Cada vez que hay un partido importante nos hablan de operativos de “1200 efectivos”, “1500 efectivos” o cifras similares. Ahora bien: ¿alguna vez alguien vio realmente semejante despliegue? Jamás. Nunca están. Nunca aparecen. Entonces, ¿dónde va esa plata? Porque los clubes pagan cifras millonarias por operativos que después terminan siendo un desastre desde todo punto de vista.

Hay un negocio gigantesco detrás de esto. Una estructura oscura e ineficiente donde alguien se queda con dinero mientras los hinchas quedan librados a la improvisación y a la violencia. Y encima con resultados cada vez peores.

El problema ya no es solamente la falta de capacidad. El problema es algo más profundo: una parte importante de la Policía actúa desde el resentimiento y la prepotencia. Sin formación adecuada. Sin preparación para manejar multitudes. Sin inteligencia emocional. Con el respaldo del Estado y la sensación de impunidad absoluta. Ahí es donde aparece el conflicto permanente.

Esto no es una guerra entre policías y delincuentes. Muchas veces termina siendo policías sin preparación enfrentándose a gente común, familias, trabajadores, personas que fueron a la cancha como cualquier otro espectáculo público. Y cuando mezclás falta de preparación con poder, el resultado suele ser exactamente este: ABUSO.

Por eso también queda expuesto el absurdo de algunas medidas que se toman desde hace años. Nos dijeron durante meses que las banderas de más de 2x1 eran el problema. Que los bombos eran el problema. Que determinadas cosas generaban violencia. Y mientras tanto, en una tribuna llena de familias y sin incidentes, desataron una represión salvaje contra personas que solamente querían irse a su casa.

El problema claramente nunca fueron las banderas. El problema es otro. Y cada vez queda más expuesto.