Maxi Silvera y un límite que no se cruza: ética, respeto y un final innecesariamente turbio
- 08/12/25
- Daniel Salcedo
En los últimos días, el nombre de Maximiliano Silvera dejó de estar asociado a sus goles, su entrega o sus dos temporadas sólidas en Peñarol. Hoy, lamentablemente, está en el centro de una polémica que él mismo alimentó por decisión propia: atender llamadas de Nacional mientras aún tenía contrato vigente con el Carbonero.
Sí, en el fútbol moderno es habitual que los jugadores escuchen ofertas antes de que termine su vínculo. Pero lo de Silvera excede lo permitido y toca un terreno donde en Peñarol no hay grises: la ética, el respeto y los códigos. Porque una cosa es negociar tu futuro, y otra muy distinta es atender al técnico rival —Jadson Viera— y al vicepresidente de Nacional mientras estás preparando finales con Peñarol. Finales clásicas, ni más ni menos.
Eso, en cualquier club serio, es un límite que no se cruza. Y en Peñarol, menos.
Entreverar al hincha y jugar en dos puntas: el error que Silvera no tenía por qué cometer
Todavía le quedaban días de contrato. Todavía era jugador de Peñarol. Todavía estaba defendiendo esta camiseta en partidos que definen títulos y que marcan carreras.
Lo lógico, lo sano, lo ético, hubiese sido simple, publicar su salida, aclarar que no renovaría y recién ahí, elegir su futuro, sea donde sea.
Pero eligió otro camino: dejar correr rumores, atender llamadas indebidas, sembrar dudas, entreverar al hincha y generar rechazo donde antes solo había reconocimiento. Porque seamos claros: la pelota picó en el área y él nunca salió a despejarla. Tuvo días enteros para desmentir, para poner paños fríos, para aclarar. No lo hizo. Y en este ambiente, cuando no lo negás… es porque la conversación existió. No creo que Silvera termine jugando en el tradicional adversario, no, pero si creo que las conversaciones existieron.
Agradecimiento por la entrega, pero ciclo terminado
Nadie discute que Silvera fue al frente siempre. Que tuvo dos años buenos. Que dejó goles importantes. Todo eso es real. Pero el final también forma parte del legado. Y si de verdad habló con gente de nacional antes de las finales —como sugieren los hechos y como él nunca desmintió—, entonces en Peñarol no puede seguir. Esto no es revanchismo. Es coherencia institucional.
El veredicto del pueblo aurinegro
Silvera quedará como un jugador que rindió, que se brindó… pero que en el cierre eligió mal. Eligió un camino que ningún futbolista que vista estos colores debería transitar. Y, como siempre pasa, hay clubes donde este tipo de actitudes pasan inadvertidas. En Peñarol no.
Acá los códigos valen. Acá la camiseta pesa. Acá, cuando se cruza un límite, la puerta se cierra sola. Sino recordemos el reciente caso de Ruben Bentancur o antes Luis Aguiar.