Peñarol quedó al borde del abismo: empató con Platense y la Libertadores ya parece una quimera
- 08/05/26
- Daniel Salcedo

Peñarol volvió de Argentina con un empate que, en los papeles, lo mantiene con vida en la Copa Libertadores, pero la sensación que dejó el equipo de Diego Aguirre fue completamente distinta: la de un plantel golpeado, sin fútbol, sin confianza y dependiendo de un milagro ajeno para seguir soñando con los octavos de final.
El 1-1 ante Platense en Vicente López no fue una reacción futbolística ni una muestra de recuperación colectiva. Fue, apenas, un intento desesperado de supervivencia. El aurinegro mostró algo que hacía semanas no aparecía: actitud. Corrió, peleó cada pelota y trató de competir desde la entrega. Pero eso no alcanzó. Peñarol, otra vez, quedó en deuda desde lo futbolístico.
La imagen del equipo fue la de un conjunto que pelea, pero que no sabe cómo construir juego. Peñarol nunca logró imponer condiciones, jamás encontró circuitos ofensivos ni asociaciones claras y terminó dependiendo de pelotazos, rebotes y acciones aisladas.
La ausencia de Leonardo Fernández vuelve a quedar en el centro de todo. Sin el volante ofensivo, el equipo perdió al único jugador capaz de generar fútbol, pausa y desequilibrio. Y eso quedó expuesto en cada ataque. El planteo pudo disimularse desde la intensidad, pero no desde la elaboración. Los números incluso reflejaron el problema: la efectividad de pases del equipo estuvo por debajo del 50% durante varios tramos del partido. Un dato demoledor para un equipo grande que necesitaba ganar.
Peñarol dividió permanentemente la pelota. Cada salida terminaba en un envío largo, cada intento ofensivo se reducía a tirar centros o laterales al área, una fórmula repetida hasta el cansancio durante toda la temporada y que rara vez da resultados. El gol aurinegro, de hecho, llegó justamente desde una de esas jugadas caóticas. Un lateral largo, un rechazo defectuoso y una definición casi accidental de Facundo Batista. Más que una jugada preparada, fue una acción aislada que encontró mal parado al arquero rival.
La realidad del grupo deja una conclusión muy clara: Peñarol quedó prácticamente eliminado por lo que hizo —o mejor dicho, por lo que no hizo— como local. El partido que debía ganar era el del Campeón del Siglo ante Platense y lo perdió. Ese fue el golpe que cambió todo.De visitante, más allá de las limitaciones, el aurinegro terminó haciendo lo que históricamente se le reclamaba en la Copa: sumar. Empató en Colombia ante Independiente Santa Fe y empató ahora en Argentina. Incluso la derrota en Brasil ante Corinthians entraba dentro de lo "lógico".
El problema fue el desastre en casa. Si Peñarol hubiese siquiera empatado el partido ante Platense en Montevideo, hoy estaría dependiendo de sí mismo. En cambio, quedó obligado a ganar los dos encuentros restantes y además esperar que Platense no sume ni un solo punto más. El escenario es dramático. El equipo argentino visitará primero a Santa Fe y luego a Corinthians. Si consigue apenas una unidad, el aurinegro quedará eliminado por el criterio de desempate entre ambos.
Y lo más insólito es que Peñarol jugará dos días después del encuentro de Platense, por lo que podría salir a enfrentar a Corinthians ya sabiendo que quedó afuera de la Libertadores.
Uno de los grandes problemas de este Peñarol volvió a repetirse en Argentina: la fragilidad emocional. El equipo logró ponerse en ventaja, pero tras el empate de Platense se desplomó anímicamente. Durante el cierre del primer tiempo fue ampliamente superado. Platense encontró espacios con facilidad, atacó constantemente y estuvo mucho más cerca del segundo gol que Peñarol de recuperar el control del partido.
Mainero hizo lo que quiso por el sector derecho de la defensa aurinegra y el gol argentino expuso todas las fallas del sistema defensivo: un futbolista entrando solo al área, recibiendo sin marca y definiendo con total comodidad ante una línea de cinco completamente desordenada. Un equipo que apuesta a cerrarse atrás no puede conceder ese tipo de situaciones. Y ahí aparece otro punto de discusión: las decisiones tácticas.
Diego Aguirre corrigió algunas cosas en el segundo tiempo, pero volvió a quedar expuesto desde el armado inicial. La decisión de colocar a Franco Escobar como zaguero por izquierda rompió toda la estructura defensiva. El equipo sufrió permanentemente por ese sector y Platense encontró allí su principal vía de ataque. Después corrigió y Peñarol mejoró algo en el posicionamiento, pero nunca logró transformarlo en dominio futbolístico.
El problema más profundo es otro: el equipo no evoluciona. Ya van ocho partidos sin ganar entre todas las competencias y la sensación es que no existe una idea clara de juego. Peñarol pelea, corre y mete, pero no sabe a qué juega. Incluso en las pausas de hidratación quedaron expuestas las carencias. Las indicaciones terminaban reducidas a pedir pelotazos largos o dividir la pelota constantemente.
En medio de ese caos, algunos jugadores intentaron pedir otra cosa dentro de la cancha. Facundo Batista llegó a reclamarle a sus compañeros que intentaran jugar un poco más. Pero la realidad es que el plantel hoy parece limitado desde lo creativo.
También sería injusto ignorar el contexto. Peñarol atraviesa un semestre devastado por las lesiones. Leonardo Fernández afuera, Angulo lesionado, Darias sin continuidad, Laxalt recién recuperándose, Ferreira volviendo entre algodones y Remedi saliendo en Argentina por una conmoción. El plantel perdió demasiados futbolistas importantes en momentos clave y Aguirre terminó armando un equipo parchado partido tras partido. El problema es que el funcionamiento tampoco apareció cuando el equipo estaba completo.
Dentro de un panorama oscuro, hubo algunos pequeños detalles que dejaron algo de optimismo. El primero es que el plantel no parece haberle soltado la mano al entrenador. La actitud mostrada en Argentina fue distinta a la de partidos anteriores. Los jugadores corrieron, metieron y pelearon cada pelota.
Eso no alcanza para ganar, pero al menos muestra que el vestuario todavía acompaña. También aparecieron algunos rendimientos individuales interesantes. Diego Laxalt volvió a mostrar que como interior puede aportar mucho más que como lateral. Tiene despliegue, agresividad y capacidad para romper líneas desde otra posición aunque en fase defensiva colabora poco y nada. Brian Barboza dejó señales positivas en sus minutos y podría convertirse en una alternativa válida pensando en el futuro inmediato. Lucas Ferreira demostró nuevamente ser uno de los zagueros más sólidos del plantel, aunque increíblemente se perderá el próximo partido de Copa por acumulación de amarillas.
La gran pregunta ahora es hasta cuándo resiste este momento. Ocho partidos sin ganar es una cifra alarmante para cualquier entrenador en Peñarol. Y aunque Aguirre mantiene respaldo interno, el equipo sigue sin reaccionar futbolísticamente. El jueves ante Corinthians puede terminar siendo un partido decisivo. Tal vez para la clasificación. Tal vez para asegurar un lugar en Sudamericana. O tal vez para empezar a definir el futuro del propio proceso.
Hoy Peñarol sigue vivo en la Libertadores. Pero la realidad es que ya no depende de sí mismo, juega mal, no gana y necesita un milagro para seguir soñando. Para un club de la dimensión del aurinegro, es una señal de alarma enorme.