Un equipo sin alma: Peñarol dejó pasar el clásico

  • 31/08/26
  • Daniel Salcedo

 

El hincha de Peñarol, en el último tiempo, se ha acostumbrado a perdonar todo lo que sucede dentro de la cancha. Jugadores profesionales fuera de forma, planteos del DT totalmente errados, carencia total de circuitos o idea de juego, pero lo que no perdona, lo que nunca va a perdonar, es que un jugador salga a la cancha del Campeón del Siglo y no deje el alma. Ayer, contra Nacional, varios estuvieron físicamente en la cancha, pero la entrega, el morder cada pelota dividida, el ir a buscarla como si no hubiera mañana, eso se quedó en el vestuario. Y eso no tiene excusa posible.

No es lógico. No puede ser que jugadores que llegaron a préstamo, por monedas, con la camiseta pesándoles menos en el bolsillo, corran y peleen más que otros que costaron millones o que cobran sueldos que ni el hincha promedio puede imaginar. Ahí está el primer problema, y es un problema de códigos antes que táctico. Se puede ser tosco o rústico en el juego, pero la entrega tiene que estar siempre.

 

Un pibe que entendió lo que otros no entendieron

En medio de ese páramo de actitud, apareció Leonel Jaime. El escaso fútbol que generó Peñarol pasó por sus pies. Un chico de 20 años que llegó de afuera, sin historia con la institución, sin escudo tatuado en el pecho, y que sin embargo se hizo cargo del equipo cuando nadie más quiso hacerlo. Cinco asistencias y dos goles en lo que va del año no son casualidad. Jaime, siendo argentino y sin ningún tipo de mandato sentimental, le importó el partido más que a varios "jugadores hinchas" que salieron con la camiseta puesta pero la cabeza en otro lado.

En Maldonado había hecho una jugada extraordinaria para servirle el gol a Arezo, que definió mal. Ayer volvió a aparecer y le regaló la pelota a Cabrera, que la definió de la peor manera posible. Por Jaime, Peñarol pudo haber ganado en Maldonado. Por Jaime, pudo haber empatado ayer. El problema es que un jugador solo no gana clásicos si el resto del equipo no lo acompaña, y ayer el resto no acompañó.

 

Los nombres propios que preocupan

En lo estrictamente futbolístico hay varias luces de alarma que ya no se pueden seguir tapando. El bajo momento de Arezo y Abel Hernández es un dato que se repite partido a partido. La displicencia de Espinosa, jugando como si el resultado no le tocara. La inoperancia del Indio Fernández, que hace tiempo dejó de aportar lo que se espera de un mediocampista de Peñarol. Los errores de Ferreira, que sorprenden, ya que es de los más parejos de la zaga. En el caos de este último, creo que la falta de Nahuel Herrera lo afecta significativamente. A todo esto hay que sumarle la falta de dinámica, la ausencia total de sorpresa en el funcionamiento colectivo, y un problema que se repite partido tras partido: la fragilidad en el fútbol aéreo, sobre todo en las pelotas quietas del rival.

Diego Aguirre tiene una tarea que no admite más demoras. No alcanza con retocar el dibujo táctico, aunque todo indica que va a volver a la línea de cuatro. Hay una definición más de fondo que tiene que tomar: si a esta altura del año algunos jugadores "consagrados" no tienen que perder la titularidad para darle lugar a otros que vienen siendo relegados sin motivo futbolístico real.

 

La responsabilidad de Aguirre

Acá hay que hablar claro: la línea de tres nunca dio los frutos que se esperaban, y sin embargo se insistió con ella. Maxi Olivera, evidentemente retirado del nivel que supo tener, fue titular. El Indio Fernández, del que ya nadie discute que está para jugar, fue titular. Mientras tanto, Remedi, el único volante capaz de liberar a Jaime de la marca rival y darle compañía en la generación de juego, quedó en el banco. El "cambio revulsivo" del segundo tiempo fue Lucas Hernández, otro futbolista que hace rato no muestra la energía que un clásico exige. Por la derecha jugó Cabrera, que corre mucho pero resuelve poco. Arezo y Abel Hernández prácticamente no fueron habilitados, pero tampoco ganaron una por arriba.

Y después está Aguirre entregando el partido con decisiones que no se sostienen desde ningún lado. El ciclo, para muchos, está cumplido hace rato. Lo que ayer se vio en la cancha no fue solamente un equipo que perdió un clásico: fue un cuerpo técnico que sigue insistiendo con una fórmula que ya mostró, partido tras partido, que no funciona.

Ahora será tiempo de rearmarse, de recuperar terreno perdido y cuidar la ventaja que tenemos en la anual. El golpe anímico va a afectar casi seguramente pero hay que mentalizar a este equipo de que es el mejor del medio, sea cierto o no.