Bielsa y Uruguay: cuando el modelo choca con la esencia nada bueno puede pasar

  • 31/03/26
  • Daniel Salcedo

Bielsa no entiende al futbolista uruguayo

El 0-0 frente a Argelia no deja demasiado desde lo futbolístico, pero sí confirma una sensación que viene creciendo: hay algo que no encaja. Y no es nuevo. Es estructural.

Marcelo Bielsa no entiende la idiosincrasia del futbolista uruguayo y tampoco le interesa. Mientras el proceso se sostuvo en lo aspiracional, en esa idea de “jugar a otra cosa” que propuso Bielsa, el equipo funcionó. Había una energía emocional que empujaba. Los jugadores creían.

Pero cuando esa aspiración se pinchó, a mi entender en la Copa América, quedaron expuestas todas las costuras. La incompatibilidad es total. En la cancha y afuera. No es solo un tema táctico: es de lógica, de sensibilidad, de cómo se construye un grupo.

El futbolista uruguayo necesita sentirse parte. Necesita interpretar. Necesita margen para reaccionar. El modelo de Bielsa propone lo contrario: ejecución, disciplina y sistema por encima de todo. No negocia. No hay punto medio. El tipo es un profesional en todo sentido, una máquina. Hay una dualidad allí que se torna incompatible.

 

El choque de dos mundos

El jugador uruguayo no es de sistema puro. Nunca lo fue. Bastaría con repasar la riquísima historia del fútbol uruguayo. No me refiero solo a la selección, equipos como Peñarol e incluso nuestro tradicional adversario son testigos de esto. El jugar de Uruguay se forma en el barro, en el caos, en competir más que en “jugar bien”. Su rendimiento está profundamente atravesado por lo emocional. Rinde cuando cree, cuando se enoja, cuando siente que tiene algo que demostrar.

No es un robot que repite movimientos. Es un intérprete del momento. Bielsa para su sistema necesita lo opuesto: jugadores estables, previsibles, capaces de sostener automatismos incluso cuando todo alrededor se cae. Que hagan lo mismo ganando 3-0 o perdiendo 2-0. Ahí es donde Uruguay no encaja. 

 

Cuando el plan pierde sentido

Entonces pasa lo que estamos viendo. Cuando el plan deja de tener sentido para el jugador, no lo sostiene. Se lo pasa por arriba. Rompe la estructura y juega a lo que siente. Y eso, que muchas veces es virtud en el ADN uruguayo, para Bielsa es un problema y lo frustra, lo enoja.

De hecho, lo mejor de Uruguay en los últimos partidos apareció ahí: cuando los jugadores rompieron el molde. Cuando jugaron desde la rebeldía. Desde el estado de ánimo. Desde eso que históricamente le permitió competir contra cualquiera. Seamos sinceros, no tenemos una selección en este momento para jugar como Bielsa pretende.

Y aclaro, acá el conflicto no es de nombres. Es de compatibilidad. Bielsa necesita un tipo de futbolista que Uruguay no tiene. Y Uruguay necesita un tipo de conducción que Bielsa no ofrece. La selección necesita un entrenador que entienda primero la idiosincrasia y, a partir de ahí, construya un modelo. Bielsa tiene el modelo, pero no entiende —ni parece querer entender— lo otro. Y sin eso, todo queda en el aire.

 

La dualidad uruguaya

El futbolista uruguayo es emocionalmente inestable. Siempre lo fue. Eso que se romantiza como “garra” es, al mismo tiempo, fortaleza y debilidad. Cuando estás bien, volás. Cuando te caés, te desintegrás. Podés mejorar la técnica, ajustar sistemas, modernizar estructuras… pero la esencia no cambia. Y es ahí donde está el nudo del problema.

 

Mirando al Mundial

Hoy, Uruguay parece encaminado a ir al Mundial a cumplir. A competir sin una identidad clara. Salvo que aparezcan individualidades capaces de sostenerlo todo desde otro lugar. Jugadores como Federico Valverde o Rodrigo Bentancur, en modo dominante, pueden cambiar escenarios.

Pero eso ya no sería un triunfo del modelo. Sería, una vez más, un triunfo de la esencia.