Buysan nos odia: cuando la opinión deja de ser inocente para ser relato
- 25/02/26
- Andrés López

En las últimas semanas, quienes seguimos cada partido hemos tenido que acostumbrarnos a una nueva dupla en las transmisiones: Federico Buysan y Rodrigo Romano. Más allá de nombres propios, lo que preocupa no es quién relata y quien comenta, sino cómo se construye el relato y lo que se busca transmitir.
La opinión de Buysan sobre una jugada puntual —“la acción no es sancionable, pega en la zona permitida”— no fue simplemente una interpretación técnica. Fue presentada como una verdad cerrada en un contexto donde la polémica estaba instalada y donde buena parte del público, del periodismo e incluso Juan Ramón Carrasco percibía otra cosa, la obvia, la que todos vimos. El problema no es disentir; el problema es cuando la explicación parece orientada a justificar siempre para el mismo lado.

Aquí conviene hacer una aclaración: esto no se trata de pasiones futboleras. No se trata de si a Buysan le tira el club de 3 colores (que ya intuímos que si). Reducirlo a eso sería simplificarlo todo. El fútbol profesional en Uruguay es un ecosistema atravesado por intereses económicos, derechos audiovisuales y disputas de poder que exceden ampliamente la camiseta. En ese escenario, los posicionamientos editoriales rara vez son ingenuos.
En más de una ocasión, Buysan ha dedicado extensos minutos a cuestionar decisiones deportivas o institucionales de Peñarol: desde el monto invertido por la ficha del Indio Fernández hasta episodios de indisciplina en la tribuna. El análisis crítico es legítimo y necesario. Lo que genera sospecha es la desproporción, la reiteración y el tono. Cuando el foco se concentra sistemáticamente en un mismo club y se relativizan hechos similares cuando ocurren en otros, la objetividad empieza a erosionarse.
No se trata de defender a dirigentes. La crítica a la conducción del club debe existir; forma parte de la vida democrática de cualquier institución. Pero una cosa es el control y otra muy distinta es la construcción permanente de un clima adverso. Cuando el relato insiste en instalar que todo está mal, que cada decisión es sospechosa y que cada polémica siempre cae del mismo lado y las quejas de Peñarol no tienen validez, deja de ser periodismo crítico para convertirse en una narrativa funcional a determinados intereses.
Hablar de operetas de Buysan, como lo hace a diario La Locura de Bielsa puede sonar exagerado. Sin embargo, es evidente que el fútbol uruguayo convive con un entramado donde comunicación, negocios y política deportiva se entrelazan. En ese contexto, el periodista no es un actor neutro: tiene poder y recibe dinero. Pero el poder, cuando se ejerce sin equilibrio, moldea percepciones, instala climas y condiciona debates.
Estar unidos contra esta embestida no es una opción, es una estrategia de supervivencia institucional. Somos molestos para el sistema que conforma en este momento AUF, gremio de jugadores (Lugano), gremio de árbitros (De León) y por supuesto intereses económicos contra los que Peñarol votó en contra (equivocadamente, pero ese es otro debate). Peñarol es, por convocatoria el club con mayor impacto en el país. Eso genera admiración, pero también resistencias. Y esas resistencias, muchas veces, se expresan en los micrófonos.
Cuestionar a un comunicador no es atacar la libertad de prensa. Es, justamente, ejercer el derecho a analizar cómo se informa y con qué criterios. Si el periodismo puede opinar sobre los clubes, los clubes y sus hinchas también pueden opinar sobre el periodismo.
En definitiva, a partir de ahora le voy a hacer caso a Juna Ramón Carrasco y voy a ver fútbol con el volúmen bajo, o mejor aún, por Antel TV.