El “ADN carbonero” que algunos invocan y otros olvidan en las formativas de Peñarol

  • 13/03/26
  • Daniel Salcedo

La historia reciente de las formativas de Peñarol dejó en los últimos meses una situación que, como mínimo, invita a reflexionar. Porque cuando se observan dos decisiones recientes del club en materia juvenil, cuesta encontrar una lógica clara detrás del discurso que se intenta instalar.

Por un lado, el caso de Felipe Barrenechea, goleador de las divisiones formativas aurinegras, quien anunció su salida del club luego de que no se le ofreciera contrato profesional. Según relató el propio jugador, la explicación que recibió desde la dirigencia fue que “no tenía ADN carbonero”.

La frase no es menor. Barrenechea llegó a Peñarol con apenas ocho años, hizo todo el recorrido en las juveniles y acumuló alrededor de 50 goles en las distintas categorías. Además, había recibido sondeos desde el fútbol europeo y aun así decidió esperar la oportunidad de profesionalizarse en el club donde se formó.

Sin embargo, la dirigencia entendió que no estaba en los planes.

 

Cuando el “ADN” parece selectivo

Hasta ahí podría discutirse si se trató de una decisión deportiva acertada o equivocada. En el fútbol juvenil eso ocurre permanentemente. Pero el problema aparece cuando esa explicación se contrasta con otra decisión tomada casi al mismo tiempo.

En las últimas semanas, Peñarol incorporó cuatro futbolistas provenientes de las formativas de Nacional para reforzar distintas categorías juveniles.

Se trata de Guzmán Trucido, Ignacio Brancato, Luca Pavoni y Johann Rodríguez, quienes se sumaron a las divisiones juveniles aurinegras tras quedar libres u optar por cambiar de institución.

Naturalmente, el trasiego de futbolistas entre clubes existe y forma parte de la dinámica del fútbol moderno. Pero en este caso aparece una contradicción difícil de explicar: si el argumento para no firmar a un jugador formado durante años en el club es que no tiene ADN carbonero, ¿cómo se justifica entonces incorporar futbolistas que hicieron buena parte de su formación en el clásico rival?

 

Un concepto que debería ser más que un eslogan

El concepto de “ADN Peñarol” suele aparecer con frecuencia en los discursos institucionales. Se lo invoca para hablar de identidad, de pertenencia y de una forma particular de vivir el club.

Pero cuando ese concepto se utiliza para justificar decisiones concretas, también debe resistir el análisis.

Porque si un jugador que pasó diez años en el club, que soñaba con levantar la Libertadores con la camiseta aurinegra y que hizo goles durante todo su proceso formativo no encaja dentro de ese ADN, entonces la pregunta inevitable es otra: ¿qué significa realmente ese concepto dentro de la estructura de formativas?

 

Un debate necesario

Las formativas son, en definitiva, el lugar donde se construye el futuro deportivo y económico de cualquier institución. Y también donde se forma la identidad del club hacia adelante.

Por eso, más que una discusión puntual sobre nombres propios, lo que queda planteado es un debate más profundo sobre los criterios, las prioridades y el rumbo de las juveniles de Peñarol.

Porque cuando las decisiones parecen ir en direcciones opuestas, el riesgo no es solo perder un jugador prometedor. El riesgo es perder claridad sobre qué proyecto de club se quiere construir.