Nos robaron en Avellaneda, pero la verdadera culpa está en casa
- 20/08/25
- Daniel Salcedo
Hay derrotas que duelen y esta es una de ellas. Porque no es solamente la eliminación de la Copa, no es solo ver al rival festejar en tu cara: es la mezcla de bronca, impotencia y decepción que sentimos los hinchas de Peñarol al ver cómo nos vuelven a robar en una cancha argentina y cómo, otra vez, los que dirigen al club no estuvieron a la altura.

Lo de Wilmar Roldán fue un hurto descarado. Un penal inventado, de esos que siempre le dan al local y nunca al visitante. Un mínimo roce de Gularte que Martínez vendió como si lo hubieran atropellado, y el colombiano, que jamás dudó, pitó como si le hubieran soplado al oído desde la AFA. Así de simple: en Libertadores, con Roldán en cancha, el visitante siempre arranca perdiendo. Y Peñarol lo sufrió otra vez.
Pero sería muy fácil quedarse solo con la excusa del juez. La verdad es que este plantel fue mal armado desde enero. No hay lateral izquierdo natural, no hay un suplente confiable en el arco, no hay recambio arriba. Nacho Sosa falló, Arezo no estuvo fino, Silvera peleó solo y Cabrera dejó el alma, pero cuando miramos al banco no había soluciones. Aguirre terminó metiendo línea de cinco y esperando los penales porque no tenía otra carta que jugar. ¡Eso es imperdonable en un club como Peñarol!
Los jugadores dejaron todo, nadie lo niega. La garra estuvo, la camiseta se defendió con honor. Herrera fue un león, Cabrera jugó un partidazo. Pero la jerarquía faltó, y la jerarquía se compra en los mercados de pases. Se compra con visión, con decisión, con dirigentes que quieran ir a ganar la Copa y no a especular con “ver hasta dónde llegamos”.
Porque Peñarol no está para “ver hasta dónde llega”. Peñarol está para ir a ganar la Copa Libertadores. Y mientras tengamos una directiva que arme planteles a media máquina, que se conforme con parchar y ahorrar, vamos a seguir lamentando eliminaciones como esta, con bronca, con la sensación de que con un poquito más se podía.
Ayer en Avellaneda nos robaron, sí. El juez inclinó la balanza, como tantas veces. Pero la verdad más dolorosa es que la balanza ya estaba inclinada desde que empezó el año, cuando se armó un plantel corto, improvisado y sin peso copero. Los dirigentes jugaron al empate. Y el que juega al empate, tarde o temprano, pierde.