Un semestre para el olvido: cuando Peñarol dejó de competir
- 29/05/26
- Daniel Salcedo

La eliminación de Peñarol de la Copa Libertadores no fue una sorpresa. Fue la consecuencia lógica de un semestre en el que el equipo nunca estuvo a la altura de las circunstancias. La derrota ante Independiente Santa Fe en el Campeón del Siglo simplemente terminó de confirmar algo que ya venía quedando en evidencia desde hace meses: este Peñarol jamás logró responder cuando tuvo que jugar partidos importantes.
Lo más preocupante no es la eliminación en sí. Los equipos grandes también quedan afuera. Lo grave es la forma. Lo preocupante es que Peñarol no ganó un solo partido en el grupo, no ganó de local, no fue capaz de aprovechar las oportunidades que le dieron sus rivales y ni siquiera mostró rebeldía futbolística cuando estaba obligado a hacerlo.
Ante Santa Fe debía salir a ganar desde el primer minuto. No había otra opción. El empate no servía. La especulación no servía. La cautela no servía. Sin embargo, el equipo salió a jugar como si el destino estuviera escrito de antemano. Sin intensidad, sin ideas, sin urgencia y sin la convicción que exige una camiseta como la de Peñarol.
Santa Fe hizo muy poco para ganar el partido. De hecho, prácticamente encontró el gol en una de las pocas llegadas claras que tuvo. Pero enfrente tuvo a un rival incapaz de imponer condiciones, incapaz de generar fútbol y absolutamente perdido desde lo táctico y lo emocional.
Y ahí aparece uno de los grandes responsables de este fracaso. Diego Aguirre nunca logró construir una identidad futbolística. Durante todo el semestre el equipo vivió de impulsos individuales, de empuje, de actitud y de alguna aparición aislada. Cuando hubo que planificar partidos decisivos, cuando hubo que encontrar soluciones desde el banco, cuando hubo que corregir errores sobre la marcha, Peñarol mostró una alarmante falta de trabajo.
La imagen más clara de la noche fue aquella conversación durante un cambio en la que los propios jugadores preguntaban quién iba a ocupar determinada posición y la respuesta era que se fueran turnando. Esa escena resume perfectamente lo que fue este Peñarol: un equipo improvisado, un conjunto de futbolistas lanzados al campo esperando que la voluntad resolviera lo que el trabajo nunca construyó.
El problema es que en el fútbol moderno no alcanza con meter. Peñarol tiene que meter, sí. Tiene que correr, luchar y dejar todo. Eso ni siquiera debería discutirse. Pero también tiene que jugar al fútbol. Tiene que generar ventajas, construir ataques, desordenar defensas rivales y saber qué hacer con la pelota. Este equipo nunca logró nada de eso.
Durante toda la Copa se confundió actitud con funcionamiento. Se creyó que empujar era suficiente. Y no lo fue.
Tampoco pueden quedar afuera de la crítica los jugadores. Porque hay errores que no son tácticos. Hay errores que son básicos. Hay goles recibidos por desatenciones infantiles. Hay jugadas que ningún futbolista profesional debería resolver de la manera en que las resolvieron algunos integrantes de este plantel.
Matías Arezo terminó bajando hasta la mitad de la cancha para buscar la pelota porque nadie era capaz de generarle juego. Abel Hernández recibió centros durante todo el partido y no ganó una sola pelota determinante. La mitad de la cancha fue superada física y futbolísticamente. Los defensores cometieron errores elementales. Y cuando aparecieron las pocas oportunidades de gol, nadie tuvo la capacidad de resolverlas.
El resultado fue el que tenía que ser. Mientras jugadores y cuerpo técnico tienen una responsabilidad enorme, hay una responsabilidad todavía mayor que no puede seguir esquivándose: la de la dirigencia. Este fracaso no empezó contra Santa Fe. Este fracaso comenzó mucho antes.
La actual conducción de Peñarol carga sobre sus espaldas algunas de las peores campañas internacionales de la historia reciente del club. La peor Libertadores del siglo. La peor Sudamericana del siglo. El peor Campeonato Uruguayo del siglo. Todo bajo la misma administración.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿qué fue realmente 2024? Porque cuanto más pasan los meses, más parece una excepción que una regla. Un año extraordinario que hoy luce cada vez más como una casualidad irrepetible que como el resultado de una planificación seria y sostenible. Desde entonces, los resultados internacionales han sido malos. Y este año directamente fueron catastróficos.
Peñarol integró un grupo difícil, sí, pero perfectamente accesible para un club con sus aspiraciones. No necesitaba una hazaña. Necesitaba competir. Necesitaba hacerse fuerte en casa. Necesitaba ganar alguno de los partidos que estaba obligado a ganar.
No hizo ninguna de las tres cosas. Mientras otros equipos viajaban a Brasil y conseguían resultados históricos, Peñarol empataba con suplentes de Corinthians en Montevideo y terminaba perdiendo contra un Santa Fe que, sin ser un gran equipo, terminó cinco puntos por encima en la tabla.
Eso habla más de Peñarol que de sus rivales. Ahora el año internacional terminó. No habrá Libertadores. No habrá Sudamericana. No habrá revancha. Lo único que queda es el Campeonato Uruguayo.
Y Peñarol tiene la obligación de ganarlo todo. No hay excusas. No hay rotaciones. No hay prioridades paralelas. No hay competencias internacionales que distraigan. Tiene que ganar el Intermedio. Tiene que ganar el Clausura. Tiene que pelear la Copa Uruguay. Tiene que pelear el Campeonato Uruguayo.
Porque después de un semestre tan pobre, cualquier resultado que no sea campeón volverá a dejar expuestas todas las carencias de un proyecto que hace demasiado tiempo vive de discursos, de excusas y de recuerdos. La historia de Peñarol no se sostiene con buenas campañas aisladas. La historia de Peñarol se sostiene ganando.
Este semestre, simplemente, no estuvo a la altura de esa historia.