Dos contra la polarización: qué suma, y qué arriesga, la fórmula Lazzarino y Evaristo

  • 04/11/26
  • Daniel Salcedo

 

Pasaron unos días desde aquella reunión de más de cinco horas y el polvo ya se asentó. Carlos Lazzarino y Evaristo González van juntos a las elecciones de Peñarol, y lo que era un secreto a voces se transformó en la novedad política más fuerte de la campaña. Ahora toca la pregunta que importa: ¿esta suma es suficiente para meterse en la pelea grande o es un bloque que se queda en el tercer escalón?

 

Lo que aporta Evaristo: votos probados y oficio

Evaristo llega con lo que ningún encuestador puede inventar: 5025 votos reales en las urnas de 2023. Tiene estructura, agrupaciones que lo acompañan hace años y un conocimiento de la interna que se ganó desde adentro, como secretario general en la primera etapa de Ruglio y al frente del básquetbol aurinegro. Sabe cómo funciona el consejo, sabe dónde están los problemas y sabe juntar gente.

La contra también es evidente. Para una parte de los socios, Evaristo es la cara de la política de siempre, y el oficialismo tiene a mano el argumento fácil: fue parte de la gestión que hoy critica. Ese flanco no lo cubre la alianza; lo tiene que cubrir él con propuestas y con autocrítica.

 

Lo que aporta Lazzarino: la novedad y el programa

Lazzarino es la sorpresa de esta elección. Sin aparato de peso, con un discurso que pone el programa por delante del nombre, se metió tercero en intención de voto según distintas encuestas. Aporta perfil técnico desde la gestión deportiva y un aire de renovación que a Evaristo solo le cuesta conseguir.

Su debilidad es simple: nunca midió fuerzas en una urna del club. Las encuestas entusiasman, pero el sábado de elecciones vota el socio que va a votar, no el que contesta una consulta. Ahí es donde la maquinaria de Evaristo puede convertir la simpatía de Lazzarino en papeletas.

 

El discurso que los une y la pregunta que esquivan

El pegamento es claro: terminar con el presidencialismo y con la figura del presidente que decide todo, y apostar a un consejo de 11 que trabaje en equipo. Es un mensaje con destinatario evidente, y diferencia bien al bloque de Ruglio y de Damiani. Lo definieron como una alianza estratégica antes que política, con el programa primero.

Pero hay una ironía difícil de esquivar: para combatir la figura del presidente, igual hay que elegir quién va a ser presidente. Lazzarino dijo que el uno y el dos se definirán con un análisis FODA. Está bien como método, pero el reloj corre. A pocas semanas de votar, el socio necesita saber quién encabeza, y el momento de definirlo es también el momento en que estas alianzas suelen crujir.

 

Cómo queda el tablero

La foto cambia: de dos candidatos fuertes y varios satélites, Peñarol pasa a tener tres bloques con aspiración real. La alianza le da a la tercera vía algo que no tenía por separado: volumen. Ahora, en política la suma nunca es aritmética. No todo votante de Evaristo se pasa a una fórmula compartida, y no todo simpatizante de Lazzarino acepta caminar junto a un dirigente con historia en la interna. Si el acuerdo cierra bien, puede romper la polarización; si cierra mal, puede repartir el voto opositor y terminar favoreciendo al oficialismo.

Que haya más opciones serias es una buena noticia para Peñarol. Lo que le pedimos a esta fórmula, y a todas, es lo mismo: que definan rápido quién conduce, que el programa no quede en titulares y que la campaña se discuta con ideas. El socio aurinegro ya demostró que no regala el voto. El 12 de diciembre va a elegir al que lo convenza de que primero está el club. Que gane Peñarol.